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Cuentos, anécdotas, sueños….
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Una postal…

Una vez más escuché el característico silbato y me empujé con ambas manos y piernas hacia atrás, saliendo de mi silla del comedor – en donde usualmente trabajo -, para llegar a la ventana pegada al sofá de la sala. Así como salimos corriendo de niños al escuchar la campana de los helados o al camotero o a los tamales de la mañana; yo corrí a encontrarme con mi cartero de confianza.

Me asomé con mis ojos ya destellando de esperanza, ojalá hoy sí finalmente me tocara recibir una linda correspondencia de alguien especial que había pensado en mí. Sé que ahora todo es por correo electrónico y más rápido, pero a mí me emociona recibir cartas y postales, y también me gusta enviarlas y dar ese chispazo de alegría a alguien que no lo esperaba.

Yo no nací en ese bello momento de la historia en donde la correspondencia ilusionaba a la gente con noticias de algún familiar o de algún amor, nací en el periodo de transición de cartas a punto de desaparecer; las pocas enviadas eran ya cosa exclusiva de instituciones financieras y que en vez de buenos momentos traían más bien puras deudas y malas noticias. Poco a poco se dejaban atrás, porque la tecnología iba arrasando a paso veloz con todo lo que se le cruzara en el camino y aunque nos dejaba más comunicados, también nos fue dejando sin tiempo a la esperanza y con la expectativa de respuesta inmediata casi sinónimo de urgente.

El correo agoniza – a mi parecer -, ya nadie usa agendas de direcciones para saber las casas de sus seres queridos, solo nos sabemos la nuestra – y eso con mucha suerte – y preguntamos la de alguien para enviar alguna compra online o para llegar en una sola ocasión utilizando el navegador también satelital. Además, las casas ya casi no tienen buzón de cartas, como la mía, por eso el cartero al verme desde su bicicleta de “Correos de México” me dice: “Ahora sí güerita, ya te la dejé debajo de la puerta. Cuídate mucho”.

Él sabe cuánto espero que alguien me escriba y como nadie lo hacía, un tiempo atrás se me ocurrió en un viaje enviarme a mi “yo del futuro” una carta, esa fue la primera carta que recibí a los treinta y tantos años , estaba emocionada cuando mi papá me dijo que me escribieron desde París. “¿Y quién te escribió” me preguntó curioso, yo en lágrimas de emoción contesté muy orgullosa a su pregunta:“¡Yo misma Pá! Y desde París”. Mi autocarta decía:

Illari,

Nous nous reverrons, Paris vous attend!

(Nos volveremos a encontrar, ¡París te espera!)

La postal que recibí hoy fue de una muy estimada amiga que vive en la misma ciudad que yo y con quién comencé correspondencia vía postal para ensayar nuestros escritos, pero, sobre todo, para regresar a esta bonita costumbre de escribir a puño y letra dejándole una sonrisa a la gente mientras nos lee.

Ya espero poder viajar y enviarme a mi o a mis seres más queridos una cartita desde el punto terrestre donde me encuentre. Estén atentos y si me pasan su dirección por mensaje con gusto les envío una postal.

#aescribir

Té de eucalipto

Té de eucalipto con limón es lo que estoy bebiendo en este momento, al aspirar su aroma recuerdo frías mañanas de lluvia – como la de hoy – en que el árbol de la plazuela se desprendía de su esencia y la hacía entrar en nuestras casas, bueno, al menos en la mía.

Resulta que ese árbol fue sembrado por mis padres cuando eran solo unas ramitas indefensas; tras veintitantos años, se ha convertido en una eminencia de tronco leñoso que ahora termina siendo amenazante para ciertos vecinos. Temen que la lluvia y el viento lo doblen y lo hagan caer encima de sus casas, de sus autos o hasta de ellos mismos mientras caminan por ahí. Los entiendo, pero también entiendo la molestia que disfraza la tristeza de mi padre cuando toda la plazuela se puso de acuerdo para talarlo.

Mi padre sentía que mataban su creación, casi que le mataban a un hijo. Él se ata mucho a las cosas y a los seres vivos; le es difícil dejar ir y soltar, ¿o será que para las generaciones actuales, ya todo es desechable? Para sorpresa de todos y confirmación de su fortaleza, el árbol sigue ahí y ha vuelto a crecer enorme y a florear, dejando en el suelo su rastro de floresillas blancas cual pelusas y diminutas semillas cónicas abellotadas. Cada que llueve su aroma vuela en busca de narices como la mía, que le agradecen el despertarnos del sueño.

¡Maaaamá!

Un domingo a medio día en mi cama, acomodo las almohadas para rodearme sentada al lado de la ventana. En días soleados la luz entra directa a mi libro en manos. Es un rincón de lectura prefabricado, que tiene esa calidez acogedora para permitir ensimismarte en la historia y

viajar en las páginas.

El hecho de que aparte sea un rincón silencioso porque vivimos alejados de la ciudad, lo hacen aún más ideal. Siempre es tranquilo y con un soundtrack apacible y natural: pájaros, lluvia, viento. A veces sí se rompe el encanto celestial con alguna vecina de vagas aspiraciones a solista; pero en general es sereno. Hoy acompañándo a los pájaros, el aire sopla leve y hay un sonido más … niños al unísono claman ¡Maaaaamáá!

Ese canto me hace cerrar el libro y poner atención. Es un eco suave, alargando esa primera «a» y descansando el aliento en la segunda sílaba de manera más corta,»máá». No es un grito de urgencia ni de berrinche, es como una canción a través de un bosque encantado; como si los niños estuvieran llamando a mamá con el vaho que sale de su boca. Como un soplo. Como un alarido juguetón y fantasmagórico a la vez.

Me asomo por la ventana y no veo a los niños. El llamado cesa. Sigo leyendo.

¡Maaaaamáá! Vuelvo a escucharlo, me asomo a la otra ventana; tampoco hay niños. Luego reviso las ventanas del cuarto contiguo, no se ven niños jugando y yo sigo escuchando su llamado.

Me quedo a la mitad del cuarto para intentar ubicar bien de qué lado viene el clamor. Le grito a mi papá que está en la planta baja viendo la tele y le pregunto si escucha a los niños llamando a «Mamá». Mi papá tiene que ponerle pausa a su película y acercarse a la escalera para escuchar lo que le pregunto –«¿Cuáles niños? Yo no escucho nada»– . Se vuelve a hacer el silencio.

Bajo y le explico a mi papá que escucho a unos niños llamar a Mamá, e intento replicar las voces: suaves, sutiles, como un susurro entre miedo, ayuda y amor. ¡Maaaaamáá!

Mi papá obviamente me tira de a loca, él regresa a su película y yo me dirijo escaleras arriba para retomar mi libro. Pero solo termino de subir el último escalón y vuelvo a escucharlos. – «!Papá, pon pausa, escucha… los niños!» – Mi papá tan ágil como sus sesenta años y el sillón acojinado y vencido le permiten, pone pausa y se levanta, a paso apresurado llega al extremo inferior de la escalera y hace silencio para intentar escuchar con atención lo que yo le explico. Nos volteamos a ver, él de abajo hacia arriba desde el extremo inferior de la escalera apoyado en la pared; yo de arriba hacia abajo, en el extremo superior de la escalera apoyada en el barandal. Contenemos la respiración para escuchar mejor. Las voces de niños desaparecen en el silencio. Mi papá vuelve a respirar y confirma, –«Yo no escucho nada»-.

Giro los ojos y la cabeza en medio círculo hacia atrás y regreso a mi rincón de lectura. Ya me empiezo a sentir un poco loca de escuchar voces. Me voy sentando y solo toco la cama cuándo brinco hacia arriba porque los vuelvo a escuchar. Son niños, yo lo sé, buscan a su mamá, la necesitan. Cierro los ojos y dejo que mis oídos me indiquen hacia dónde. Giro en medio círculo a la derecha , cruzo mi cuarto y el siguiente, llego al cuarto de mis papás. Los escucho más cerca. Veo la ventana del balcón abierta y la cortina vuela hacia adentro por el aire dejando entrever las ramas del enorme ficus que se agitan como bailando con el viento.

La realidad es que tengo miedo, pero al mismo tiempo siento que necesito ayudarlos. Pienso: «ya voy niños, ya voy». Me acerco a la ventana agarro la cortina pero… el ruido no viene de fuera… viene del closet, del lado del closet dónde estaba la ropa de mi mamá. Pego la oreja a la puerta y los escucho tan cerca. Se que están ahí…. los niños… ¡Maaaaamáá!

Con una mano en la manija, decidida y temblorosa, abro la puerta corrediza del clóset de un solo movimiento. No hay niños. Solo una chamarra de mi papá en el hueco obscuro que ha dejado la ropa de mi mamá. Toco la chamarra y siento como vibra la bolsa derecha. Meto la mano al bolsillo, el teléfono de mi papá vibra y su ringtone suena ¡Maaaaamáá!

Oda a las palabras

Son simplemente deliciosas.

Las palabras hacen magia cuando son bien acompañadas y bien entonadas.

Me encantan. Leerlas, escribirlas, escucharlas, imaginarlas…

Son todo un mundo; un universo inmenso que no podré descifrar por completo, nunca, ni en todas mis vidas.  Sin embargo, me conformo con usar con gran privilegio las más que pueda mientras viva.

Es por eso mi gran deseo de ser escritora, para inspirar a los demás y transmitir ese amor y respeto que les tengo.

Por eso me gustan los idiomas, y por eso creo que también me gusta discutir tanto jajaja…