Crucé el Umbral

Amanecí en el majestuoso centro histórico de la Ciudad de México, en un ecléctico hotel que al mismo tiempo me pareció lindo y en ocasiones un misterio. Es un viejo edificio renovado y modernizado que tiene pinta de una vieja casona con deliciosos detalles art nouveau y art decó entremezclados. Los largos y estrechos pasillos parecen flotar en el aire, sus pisos de cristal con barandales de herrería negra te transportan a un lugar entre la nostalgia y la locura, no sabes si estás en una elegante vecindad de los años cincuenta, en un manicomio o si en verdad es un hotel. 

Todo es obscuro, en tonos negros y humo, y uno que otro gesto plateado o dorado, más por la época navideña. “Umbral” se llama y eso es lo que experimentas al abrir tu habitación y quedar en la penumbra total de tu recibidor con solo dos lámparas que dirigen tu mirada a lo que guiará tu estadía, el arte y los aromas. Unas curiosas piedras volcánicas que despiden unaexquisita fragancia – en mi nariz, bergamota y té blanco – te ayudan a cruzar ese umbral hasta tu cuarto que se esconde detrás de una cortina de humo y te recibe brillante y aesthetic. 

Lo básico hecho lujo: una cómoda cama; una sencilla pero romántica mesa con dos sillas esquinadas al rectangular balcón que de piso a techo te muestra la histórica Tenochtitlán; y un ropero de madera con enrejado dorado. Ahí mismo, para contrastar la moderna pantalla y bocina con bluetooth, está el área de estar con la mesa de centro y el sillón gris oxford que te acompaña con un detalle inesperado: un tocadiscos y algunos discos de vinilo en cortesía para musicalizar tu estadía – sí, como los de tus papás -, pero además no te limitan porque si no te gusta la elección hecha para ti, puedes ir a la biblioteca y tomar el disco que desees escuchar; melomanía total.

No me quedé ahí, seguí explorando el Umbral, porque algo más llamaba mi atención de entre la penumbra, una puerta cerrada que invitaba al surrealismo. Y así fue, di con el baño que en su conjunto de ducha, tina y espejos me hicieron sentir como una Marilyn Monroe en sus fotos blanco y negro, clásica, elegante y con una pizca sexy. Lástima que no trajera mi labial carmín.

Y para redondear la experiencia, hay que subir a la terraza, dar con la brillante cava y elegir comer en Paxia o en Oliva, donde el afamado chef Daniel Ovadía te entrega un mestizaje gastronómico delicioso desde la lectura de la carta.

Todas las líneas rectas y sencillas de la habitación, así como las luces que enmarcan el arte y los detalles, dirigen tu mirada a lo verdaderamente importante: la inspiración. No hay más, quedé inspirada por el lugar, transportada y envuelta en sus tenueshalos de luz. Me sentí en una moderna técnica de claroscuro que espero haya inyectado algo más de elegancia y misterio en mis venas. Es Umbral el primer paso a una experiencia inolvidable, si te atreves a cruzarlo.

Hotel Umbral

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