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Café o té – tres escritos.

1- Sábado

Hacerse un té no es tan sencillo, es casi un ritual en sí mismo que te enseña a ir con calma, a bajar el ritmo, a estar presente y concentrarse en ese momento.

Son las seis de la mañana, aún no clarea el día, y a pesar de haber descansado mis siete respectivas horas, cuando me hago mi té tengo que concentrarme al verter el agua caliente porque a veces lo hago muy rápido y todas las hojas secas salen derramadas como cascada del filtro de mi tetera, todo por chorrear el agua de un sopetón. Es entonces cuando caigo en cuenta que sigo tensando la mandíbula y chocando dientes contra dientes. Levanto la jarra de agua caliente, cierro los ojos, abro la boca e inhalo, luego exhalo haciendo un sonido que a mi me recuerda a las olas del mar. Limpio mi tetera y coloco más hojas – hoy me toca té verde con jazmín – y elijo darme una nueva oportunidad; así que, con cariño, suavemente, enfocando mi mirada en el agua caliente y el humo, sonrío ligeramente para relajar mi boca y vierto poco a poco el agua. Hago leves círculos para mojar todas las hierbas y noto como se llena con agua entintada color amarillo ámbar. Hasta ahí. Ya no cabe más agua.

Tomo la tetera entre mis dos manos, como haciéndo una cunita, así me conecto con ella y empiezo a agarrar temperatura ante la fría mañana. Me siento en la mesa del comedor con mi cuaderno de “Páginas Matutinas”, un chocolate y mi té. Llevo más de un año haciendo este ritual y reconozco en él mi momento zen, a esta hora casi nada se escucha, nadie me molesta, puedo estar sola con mis pensamientos y ese toque de dulce y amargo del chocolate con té, me despiertan los sentidos para ahora sí, poder empezar.

2- Lunes

Me gustan las mañanas lentas, frías y con olor a café. Levantarme cuando aún es obscuro, escribir, hacer yoga, salir a caminar mientras veo como el vaho sale de mi boca cada que respiro y veo a la luna mañanera que no quiere irse del cielo para dar paso al sol. Regreso a casa, noto que en verdad está más tibio adentro que afuera y pienso ¿cómo podría ser esto más acogedor? Le falta algo pero qué, un olor, el del café.

Quería una cafetera diferente, no la de goteo que está en todas las casas, así que la mía parece un reloj de arena grande; el agua se coloca en el compartimiento de abajo con un cilindro en el centro que le permite conectar la otra mitad donde se pone el filtro de plástico y el café de grano. Cuando la tapas y conectas empieza a hervir el agua y cuando las burbujas del hervor comienzan a aparecer, el agua es empujada hacia arriba, como extraída al vacío y se mezcla con el café haciendo una infusión. Me encanta ver como se hacen las olas de café, es como la arena arrastrada en el mar o como las faldas de las bailarinas de folklore, son espirales en forma de caracol que se unen revoltosos.

Al terminar su turbia danza, las aguas se apaciguan y en un instante todo se derrama hacia abajo, como una cubetada de agua negra y el café está listo. Quito el ensamble superior de la cafetera “reloj de arena”, coloco la tapa y sirvo. Una taza para él y otra para mí. Ahora sí, ya está más acogedora la mañana, ya huele a café.

3- Martes

La cafetera estaba sucia y no de ayer sino de hace días. Acá nadie la limpia sino lo hago yo, así que me dispuse a desarmarla, enjabonarla y enjuagarla. Compré esta cafetera para mi casa, cuándo se suponía me iba a ir a vivir sola y luego las cosas cambiaron y me vine con mi novio, así que esa cafetera la dejé en casa de mi papá por que la que tenía se descompuso de viejita, ahora podíamos disfrutar de café juntos en la mañana.

Usualmente llego a trabajar acá, en mi casa familiar, antes de subir al cuarto designado como mi oficina para empezar a revisar los correos del día, voy a la cocina y empiezo a preparar la cafetera. Es una cosa rápida y casi me siento como en maquinaria en serie; la lleno de agua, coloco las partes del filtro de acero inoxidable y le agrego café molido. A veces cuento las cucharadas, pero la mayoría de las veces lo hago al tanteo. Cierro el filtro, pongo la tapa y conecto la percoladora, mientras me subo a encender mi laptop y dar la primera ojeada de emails.

Unos veinte minutos después, ya que el olor a café ha subido por las escaleras y toca mi nariz, sé que está listo. Bajo y tomo las dos tazas más grandes que hay, una para mi papá y otra para mí, no siempre son las mismas tazas, la verdad tomo las que estén limpias. Primero les lleno un cuartito de leche evaporada y el resto café caliente; mi papá me enseñó a tomar café con esa leche y ya es costumbre nuestra. Puedo ver que tan bien me quedó en la intensidad de color del líquido; si es casi ámbar, se que le tendré que agregar una cucharada de soluble – ni modo -, pero si es un color intenso y se transparenta muy poco a través del agua, sé que quedó perfecto.

Le sirvo a mi papá su café con su desayuno frente a la tele mientras ve las noticias, y yo me voy a mi oficina a empezar el día un sorbo a la vez.

Té de eucalipto

Té de eucalipto con limón es lo que estoy bebiendo en este momento, al aspirar su aroma recuerdo frías mañanas de lluvia – como la de hoy – en que el árbol de la plazuela se desprendía de su esencia y la hacía entrar en nuestras casas, bueno, al menos en la mía.

Resulta que ese árbol fue sembrado por mis padres cuando eran solo unas ramitas indefensas; tras veintitantos años, se ha convertido en una eminencia de tronco leñoso que ahora termina siendo amenazante para ciertos vecinos. Temen que la lluvia y el viento lo doblen y lo hagan caer encima de sus casas, de sus autos o hasta de ellos mismos mientras caminan por ahí. Los entiendo, pero también entiendo la molestia que disfraza la tristeza de mi padre cuando toda la plazuela se puso de acuerdo para talarlo.

Mi padre sentía que mataban su creación, casi que le mataban a un hijo. Él se ata mucho a las cosas y a los seres vivos; le es difícil dejar ir y soltar, ¿o será que para las generaciones actuales, ya todo es desechable? Para sorpresa de todos y confirmación de su fortaleza, el árbol sigue ahí y ha vuelto a crecer enorme y a florear, dejando en el suelo su rastro de floresillas blancas cual pelusas y diminutas semillas cónicas abellotadas. Cada que llueve su aroma vuela en busca de narices como la mía, que le agradecen el despertarnos del sueño.